martes, 30 de diciembre de 2014

[Li] As rulas de Bakunin

Carta a Rosalía, mi difunta mujer.

Ya sé que no me puedo quejar porque, dentro de lo que cabe, soy un ser privilegiado: setenta y seis años, una salud de hierro, una familia con la que vivo en gran estima, una paga buena, una cabecita que aún rige y este infeliz de Lázaro que tanto alienta el último tramo de mi existencia. Pese a todo, Rosalía, echo de menos tu silencio tupido enfrente a la chimenea, nuestro matrimonio de ausencias que encaminamos con amor y que, como un estandarte, paseamos por América. Ya lo sé, soy idiota, pero los recuerdos me buscan con insistencia y fedellan en mi estómago. Qué me vas a decir a mí, "miña rula", el tiempo borra los escrúpulos y hasta dignifica aquellos amaneceres que tú alborotabas con gritos criminales para que yo me levantase y mugiese rápido las vacas porque te llevaba el demonio si escuchabass el carro de Xan de Castro o de Paco Uzal que se adelantaban a los gallos y dejaban caer por la Gándara el anuncio estridente de su paso, un crujir afilado en los ejes de las ruedas que se parecía a los quejidos de un niño. 

Tenías que ver como quedo la casita: nuestra hija Branca, que tanto huía de la aldea, ahora le dio por restaurarla y aprovechó todas las tonterías que teníamos almacenadas en la bodega para adornar las habitaciones: el escaño de castaño, los banquillos ahumados, el comedero donde tú pisabas las berzas.. y muchas más cosas que ya estaban descartadas por la consolidación de la modernidad y que volvieron a la cocina con aires aristócratas. Limpiaron la chimenea y por las paredes cuelgan los aparatos antiguos: morillos, tenazas, fuelles, trípodes, espetos.. Solo cambiaron el caldero porque no se le daba quitado el negro quemado. Incluso aquellos tazos azules con dibujos afiligranados que los tuyos nos compraran para la boda rivalizan en el aparados con vajillas de Sargadelos. Todo adquirió una nueva visión, las camas, las cabeceras de hierro, las almohadas, el brillo flamante de la madera barnizada, la piedra pulida de la fachada.. 

El pozo vuelve a tener agua y en la huerta ya asoman tomates, zanahorias y lechugas como cuando aún vivíamos los dos, con aquella paz doméstica que solo se rompía por las riñas a causa de la precisión en la plantación de las legumbres. 

Ahora pasamos aquí todos los veranos y muchas fines de semanas. Puede que dejemos de vivir en Coruña para vivir aquí porque Agustín está mirando de poner calefacción. 

Por mí pierde cuidado que me estoy portando bien, mejor que cuando estabas tú.. Boh.. Branca está contenta conmigo, tengo oído alguna vez conversaciones con las amigas; me siento en el baño para no mear por fuera, hago la cama, me ofrezco a fregar, aún que ahora tienen lavavajillas, limpio los zapatos todas las noches, doblo mi ropa a conciencia y cuido lo mejor que puedo de Lázaro. El pobre no confía mucho en la operación de Barcelona. Las posibilidades dicen que no son muchas. Cuando venimos para aquí le cambia el carácter. Tienes que pensar que los ruidos de la ciudad para él son una amenazada constante. 

Cinco años sin ti son mucho tiempo, Rosalía, cinco años soñando contigo todas las noches con la profunda esperanza de verte en algún lado. A veces, me gusta pensar que después de la muerte haya algo más, no por mi egoísmo de comenzar una nueva vida, sino por el hecho de estar cerca de ti. Alguna noche, cuando la luna se pierde en las ramas de la higuera del Pardieiro, tengo pensamientos benévolos que casi me llevan al rezo, pero al final los altos muros de mi conciencia rápidamente detienen ese amago de plegaria y me envuelven en el escudo agnóstico de siempre. Tú sabes que yo no creo en los curas, seres que se encaprichan en que la vida toda sea un pecado, ni en otra religión que no sea la de las buenas personas, pero hoy es tu cabo de año, y esta vez no me queda más remedio que ir a misa. Nuestra hija nunca me lo perdonaría. 

No te cuento nada más, Rosalía, así que recibe un abrazo de este tu viejo tunante. 


Camilo Sabio Doldán
Celas de Peiro, verano del año 1992

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