lunes, 9 de marzo de 2015

[OS] MýthosMyytti: Grandes mitos griegos IV

Prometeo, el ladrón del fuego

Al principio de los tiempos, los dioses establecieron su hogar en la cima del monte Olimpo, cerca de las estrellas. En aquel lugar idílico, llevaban una vida de lo más placentera. 

Mientras tanto, los hombres hacían su vida en la Tierra. Habían sido creados con arcilla y pasaban sus días cultivando los campos y criando ganado. Rezaban a los dioses para pedirles auxilio y después le agradecían la ayuda a través de ofrendas que quemaban en los templos, y convertidas en humo, llegaban hasta la cima del monte Olimpo. 

Todo iba bien hasta que tras haber matado a un robusto buey, los hombres empezaron a discutir sobre qué parte debían quedarse y cual debían entregarle a los dioses. 

El mismísimo Zeus, padre de los dioses, entró en la disputa. Este decidió que fuera Prometeo el que decidiera como debía repartirse el buey. 

Prometeo era sabio y justo, y encontraría la solución adecuada. Los demás aceptarían su decisión y, en adelante, todos los animales serían repartidos de la misma manera. 

Prometeo pertenecía la raza de los titanes y no solo podía prever el futuro, sino que dominaba todas las ciencias y todas las artes. Cuando Zeus le expuso el dilema del reparto del buey, Prometeo se sentó a meditar y entabló en su conciencia una conversación consigo mismo. 

Los dioses no necesitaban la carne, ya que bebían néctar y comían ambrosía a todas horas. En cambio, los hombres la necesitaban para sobrevivir. Pero si les entregaba la carne a los hombres, Zeus se enfadaría. 

Por lo tanto, había que conseguir que Zeus creyera que la decisión de quedarse con los huesos la había tomado él mismo. 

Prometeo ideó enseguida la trampa que necesitaba: despellejó el buey, lo descuartizó y dividió los restos en dos montones. Cuando todo estuvo listo, llamó a Zeus y le mandó escoger. Uno le pareció gris y poco apetitoso, mientras que el otro le atrajo por su brillante aspecto. Así que, no tuvo que pensárselo mucho y escogió el montón resplandeciente. 

Hermes, el hijo de Zeus, se hallaba presente en la conversación. Como era experto en idear trampas, no resultaba fácil engañarlo. Se acercó al oído de Zeus y le dijo que se había precipitado en su decisión, ya que había algo extraño en aquellos montones. Zeus no tardó en advertir el error que había cometido. 

Prometeo, había puesto en un montón la carne y las vísceras del buey, pero lo había recubierto con el estómago del buey que es la parte menos apetecible. En otro montón, había colocado los huesos y los tendones, pero lo había cubierto con la grasa para que despertara el apetito. Cuando Zeus llegó a la cima del Olimpo y descubrió el engaño, se volvió loco de rabia. 

En consecuencia, Zeus le robó el fuego a los hombres para que tuvieran que comerse los alimentos crudos. Sin fuego, la vida en la Tierra se volvió insoportable. Prometeo, al verlos sufrir tanto, se conmovió. 

Al día siguiente, Prometeo subió al monte Olimpo y, sin que nadie lo viera, acercó una pequeña astilla al fuego que Zeus le había arrebatado a los hombres y lo guardó en una cáscara de nuez. 

De regreso a la Tierra, encendió con aquella astilla una antorcha y se la regaló a los hombres para que pudieran calentarse de nuevo. Pero cuando Zeus observó que en la Tierra volvía a arder el fuego, su furia no tuvo límites. 

Prometeo le había vuelto a engañar, dejándolo en ridículo ante toda la humanidad. 

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